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Los días no tan felices

Las historias situadas en los '90 ejercen un efecto irresistible sobre quienes vivieron aquella década tan frívola, desagradable, inolvidable, apasionante, maravillosa. Un ejemplo arbitrario y muy recordado, entre miles, fue el hit Los años felices, de Sebastián Robles, el libro publicado por Pánico el Pánico en 2011.

Y resulta que Las buenas intenciones, la primera película de Ana García Blaya, está ambientada, justamente, en los '90. Sin embargo, el debut de esta directora tiene montones de virtudes y un defecto que será mencionado ahora mismo para sacárselo de encima de una buena vez y ya después pasar a lo importante: excepto en ciertos inserts o separadores que aparecen entre escena y escena simulando el trabajo de una camarita hogareña noventosa, en general no termina de resultar creíble que la historia ocurrió en el mismo lustro en el que Cavallo logró convencer al mundo de que un peso iba a ser un dólar para siempre.

Tal vez porque el vestuario de la película no siempre busca imitar al de la época, tal vez por los graffitis sigloveintiuneros que aparecen de fondo, tal vez por los peinados y la falta de cabelleras largas. 

Quitado ese peso de encima, ahora sí: la siguiente sentencia es que se trata de una película que tiene la capacidad de hacer reir, más de una vez, y también de hacer llorar, de nuevo, más de una vez. Las balas pican cerca en más de una ocasión. Por ejemplo, cuando los hijos del protagonista reciben la noticia de que se van a tener que mudar, junto a sus madre y su padrastro, a una ciudad muy lejana.

Esa escena, tan propia de aquellos momentos históricos en los que el derrotero macroeconómico se mete en los cuerpos hasta causar dolor, grafica sin melodramas el momento iniciático en el que el efecto opresivo del mundo hace aparición con toda su fuerza en la vida de unos chicos. La tiranía de la decisión ya está tomada por los grandes. Y tampoco es tan distinta a la opresión que el mundo ejerce sobre propios adultos, después de todo.

Y esa es otra bala que también va a picar cerca. Gustavo, el protagonista, es un fisura. No uno de los que juegan en el borde, pero sí uno que definitivamente tiene dificultades para encontrarle la vuelta a la época y a las responsabilidades propias del momento.

La escena en la que el espectador, que ya lleva diez minutos de película conociéndolo a él y a sus limitaciones, ve aparecer en cámara por primera vez al padrastro de los chicos, personificado por Juan Minujín, vestido con una camisita a cuadros y un sweater al hombro, es hilarante. Minujín no tiene línea de diálogo; sólo aparece en cámara, sonriente y mucho más cheto que Gustavo. Y ahí, en esa sutil cachetada, se va la primera risa.

Gustavo es el dueño de una disquería no muy exitosa, fuma mucho porro y toca la guitarra y canta. En algún momento tuvo tres hijos con la que ahora es su ex. A los tumbos, muy a los tumbos, es un padre presente y afectuoso al que de todas formas su hija mayor le tiene que ir tapando las cagadas.

Y ahora su ex le comunica que se va con los chicos y su nuevo marido a Asunción, Paraguay, porque acá en Buenos Aires él no les puede dar la vida que necesitan: obra social, colegio, plata. Inesperadamente, y contra toda lógica, Amanda, la mencionada hija mayor, toma la decisión de quedarse a vivir con él.

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