Es
domingo 17 de marzo de 1991. Horacio Liendo, asesor del ministro de
Economía de la nación, está terminando de pasar un fin de semana
en el campo junto a su esposa y sus hijos. Le suena el teléfono. Es
Domingo Cavallo. Le dice que esa misma noche vaya a visitarlo a su
departamento. Necesita sentarse a discutir los detalles de un viejo
proyecto que habían armado juntos en el 89, durante la campaña
electoral que llevó a Menem a la presidencia.
Cuando
Liendo llega al departamento de Cavallo, Juan José Llach ya está
sentado y listo para que la reunión arranque. Liendo y Llach son
amigos de Cavallo pero no entre sí, aunque ya trabajaron juntos. Esa
noche, cuando los dos emprendan la retirada, la convertibilidad ya va a
estar decidida y lista para redactar y aplicar.
La
narración forma parte del primer capítulo de La moneda imposible,
el libro de Alexandre Roig, editado por Fondo de Cultura Económica.
No se trata de una novela, aunque su autor reconoce que el oficio de
investigador en ciencias sociales no es una cosa tan distinta al
oficio de escritor. Roig logró, en su obra, hacer una genealogía de
las ideas y discusiones históricas en torno a la moneda y sus formas
de regulación de los conflictos sociales, que llevaron a cada
integrante del trío a representar distintas posturas en esa
discusión; y logró, mediante sendas entrevistas con Llach y Liendo,
narrar la escena del momento exacto en el que los tres personajes
toman algunas determinaciones que afectarán en forma decisiva a la
economía durante los siguientes diez años.
Para
narrar lo que fue la creación y aprobación de la ley de
convertibilidad, la obra de Roig podría funcionar en tándem con
Cuando los economistas alcanzaron el poder, de Mariana Heredia, quien
narra otras escenas impresionantes del mismo 1991. Como el momento en
el que se debate el proyecto en el Congreso y los diputados se
explicitan sumisos, inferiores y se declaran prácticamente inútiles
frente a los conocimientos de Cavallo. Si el libro de Roig fuera una
novela, esa parte del de Heredia podría ser la dos.
Lo
cierto es que el trabajo de Roig no es para leer en la playa. Su
contenido es más teórico que narrativo y estético. Sólo el primer
capítulo cuenta esa escena extraordinaria, en la que los
protagonistas pierden y ganan discusiones y en esas contiendas se
define el destino del país.
Entre
economistas, tanto ortodoxos como heterodoxos, puede encontrarse, en
los últimos años, con cierta facilidad, y fundamentalmente en
respuesta al odio ciego en su contra, una tímida reivindicación del
gobierno de Ménem. De hecho, la convertibilidad tuvo la virtud de
frenar, mediante el ancla al precio del dólar, y como nunca en
Argentina durante décadas, la dinámica hiperinflacionaria. Para
algunos economistas, entonces, el primer gobierno de Ménem fue
relativamente virtuoso y la cosa se echó a perder por no salir del
esquema en 1995.
El
libro de Roig discute un poco con esa idea de una convertibilidad que
convenza a la sociedad y que a la vez permita una salida menos
trágica que la del 2001. El trío reunido en la casa de Cavallo se
juntó a idear una moneda eterna, porque sólo si se lograba
transmitir la idea de su eternidad, la sociedad iba a creer en ella.
Y eso implicaba que todo un país entrara de lleno en un camino
identificado con una de las posiciones del debate histórico acerca
de la regulación monetaria: aquella que quería limitar la capacidad
de la política de participar en forma discrecional (la genealogía
demuestra que el debate arrancó al menos en 1890, con la
convertibilidad de Pellegrini y el desprecio por la política
monetaria populista). Al instaurar una caja de conversión (sólo se
podía emitir un peso si entraba un dólar), el esquema monetario
automatizó la emisión y cerró virtualmente la posibilidad de un
Banco Central.
Roig
instala la idea de que la moneda no es otra cosa sino una institución
que busca regular relaciones sociales conflictivas, entre distintos
grupos de personas que, sin querer o queriendo, estuvieron
representados esa noche por los tres protagonistas. Una moneda quieta
durante diez años, barata en términos relativos, favoreció, en
nombre de la estabilidad, a la especulación financiera y perjudicó
a las industrias locales. Si esas discusiones hubiesen resultado
diferentes, la realidad histórica hubiese sido otra. Los detalles
del autor acerca de las posiciones de los tres protagonistas en cada
debate de esa velada, y cómo estas fueron dándole cuerpo al 1 a 1,
resulta apasionante por mostrar la forma humana en la que se tejen las grandes decisiones.
