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El iceberg giratorio


La protagonista, tal el nombre de la nueva película de Clara Picasso, cuenta dos historias, con una frontera tácita, no marcada por el montaje final, a través de la cual quedan perfectamente delimitadas una primera parte de comedia y una segunda algo más dramática. En eso remite a Las Piedras, la extraordinaria y rápidamente olvidada película de Román Cárdenas, que fue premiada en el Bafici 2011.

Suele decirse que toda obra narrativa cuenta o debería intentar contar al menos dos historias. Posiblemente, juntas, a la par. Una operando tal vez en la superficie. La otra, también tal vez, invisible y en la profundidad. En este caso la novedad aparece en esa frontera no señalizada, que marca un antes y un después. Si bien ambas historias están presentes a lo largo de toda la película, en cierto punto el volumen de una de ellas baja, para que suba y aparezca el de la otra.

Durante la primera mitad, la historia, a la que en términos de Hemingway se la podría reconocer inicialmente como la punta visible del iceberg, es la de una actriz under en Argentina. En particular, en una Argentina que vive una de sus cíclicas crisis macroeconómicas. En este caso, la del macrismo. Así, la primera parte muestra el pequeño y gran conflicto de una artista, que hace un año no tiene trabajo en ninguna obra, que extraña actuar, y que se tiene que dedicar a dar clases de español a extranjeros. Esa parte primera parte es una comedia de moderada gracia.

Paula, la protagonista, se dedica además a interpretar falsos personajes de relleno en focus groups. Y esa es su actividad más cercana a la actuación hasta que, sentada en un bar, dando una clase, casi sin querer logra evitar un asalto. Ese golpe de suerte la lleva, de un momento a otro, a dar entrevistas en la tele.

La otra historia, tal vez inicialmente reconocible como la parte de abajo del iceberg, en la segunda mitad se da vuelta y emerge, dejando sumergida a la anterior. Por eso la reminisencia a Las Piedras, aquella otra película en la que, mitad y mitad, se cuenta una comedia hilarante y un drama romántico.

El trabajo de Rosario Varela, que le puso el cuerpo a Paula, es notable. Eso se deja ver en la mentada primera parte. Ahí, mientras es entrevistada para un noticiero, la protagonista logra reflejar en su cara el anticipo del dolor al que sabe que va a volver cuando el foco de la cámara se apague y ella vuelva a su cotidianidad. Algo sobre lo que suelen hablar los deportistas de elite: el momento en el que el ganador se da cuenta de que, tras el hito triunfal, sólo queda volver al vacío previo.

Ahí, en las rendijas de la comedia, se deja entrever por primera vez algo de lo que reinará en la parte final.

El momento exacto en el que la película pasa de la historia 1 a la historia 2 no está delimitado en forma explícita. Pero, aunque tácito, se percibe con claridad. En una fiesta, Paula conoce a una chica, que se le acerca porque vio la entrevista en la tele. El intercambio está sobrecargado de cierta frivolidad. La incomodidad de dos desconocidas entablando un diálogo superficial y forzado.

Sin embargo, tras fundir a negro, en la escena siguiente, Paula está sentada en el auto de la chica, ambas en incómodo silencio, yendo a pasar un fin de semana a una quinta con ella y sus amigos. La soledad de la protagonista se hace evidente y desde entonces su incomodidad, y los conflictos internos a los que se enfrenta tras haberse separado de su ex (a quien se cruza en la quinta), ganan la pantalla y la comedia se transforma en un drama.


La otra historia se retira a un segundo plano. Ya no importa tanto que Paula sea actriz. Recién sobre el cierre, la protagonista canaliza la tristeza en su oficio y ambos hilos narrativos se encuentran, en una escena final extraordinaria y que eleva y le termina de dar significado a una película que exige paciencia.

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