El antropólogo inocente, que fue
reimpreso por Anagrama a mediados del 2019 para celebrar su 50°
aniversario, es, claro, un libro de antropología. Pero no se trata
de una etnografía ni de un trabajo de etnología. No es un texto
académico ni nada que se le parezca. Es más bien una crónica del
año y medio que su autor, Nigel Barley, pasó en Camerún intentando
entender a los dowayo, una pequeña tribu local. Lejos de plantearse
como una investigación, con sus temas y preguntas bien definidos, es
una no ficción en un marcado tono de comedia. Aún así, permite
pispear de reojo algo del trabajo de los antropólogos.
Si bien el libro fue publicado por Anagrama en 1989,
el viaje de Barley a Camerún ocurrió en 1978, mucho antes del
mundial del '90, en el que el mundo conoció a Makanaki, Milla y Oman
Biyik. La investigación de Barley, sobre cuyas conclusiones poco se
sabe al terminar de leer el libro, pertenece a la vieja tradición de
la etnografía: un occidental viaja a los confines del mundo para
aprender sobre un determinado pueblo primitivo y relativamente
remoto, sobre sí mismo y sobre el viaje. Es decir, sobre el
encuentro con el otro, a través de convivir con él y hacer observación participante de todas sus actividades.
Está más en la línea de
Malinowski, Mead y Levi-Strauss y menos en la de la gran En busca de
respeto, en la que Burgouis “viaja” a los dealers de Harlem para
entender de verdad las lógicas por las qué un joven negro elige
dedicarse a la economía ilegal en lugar de hacerse un camino en el
mercado laboral tradicional (Haciendo amigos a las piñas, de Garriga
Zucal, que intenta explicar por qué los barra brava no se hacen
violentos meramente por ser loquitos, podría ser su versión
autóctona).
Pero aunque esté en más en línea con
ellos, el libro de Barley se diferencia en forma radical. Decide
mostrar la trastienda del etnógrafo. En ese sentido puede remitir al
diario de Malinowski, excepto que en este caso se trata de una
crónica bien anfibia. Narra las dificultades con las que se
encuentra un antropólogo en un país muy lejano, tercermundista, y
con concepciones del mundo bien distintas. La primera es el idioma,
que está basado en un sistema por el cual una misma palabra
significa distintas cosas según el tono empleado. Por ejemplo,
durante sus primeros días en Camerún, Barley le dice a un
informante que se quiere coger a su esposa (en realidad pretendía
entrevistarla).
Todo el libro es acerca de las derrotas
y fracasos de su autor. Una especie de Cándido o el optimismo, con
parecidas capacidades de hacer reir, en el que una desgracia del
protagonista da lugar a la siguiente desgracia y luego a la siguiente
y así hasta que vuelve a su Londres natal, con 18 kilos menos, la
piel amarronada, los globos oculares amarillos y pocas ganas de
vivir. Una vez que vuelve descubre que para el antropólogo la
paradoja es la contraria a la einsteniana: el viajero siente que
estuvo décadas afuera pero en su tierra nada cambió. Excepto su
dificultad para adaptarse nuevamente a los ritmos, costumbres y
dinámicas occidentales.
Las narraciones de los rituales de los
dowayos son insólitas. En las viejas etnografías el lector
ya las recibía como conocimiento masticado e interpretado, como cuando
Malinowski cuenta el kula de las Trobriand. Ahí Malinowski muestra
que en el Pacífico Sur las tribus tienen un tipo de intercambio, que
para el etnógrafo puede parecer a primera vista inútil, porque se
diferencia del que los occidentales tienen naturalizado como
racional. Un sistema ritual en el que las personas dan y contradan
incluso más de lo que pueden, para demostrar su poder o para no
quedar mal, lo que contradice al homo economicus híper racional y
maximizador en el que cree la economía ortodoxa.
El libro de Barley no tiene esas pretenciones académicas. No busca aportar al conocimiento de forma
tan clara y directa. Al contrario, inicialmente narra los rituales sin asignarles
demasiado sentido. Se los muestra básicamente como fiestas
completamente bizarras, que se asemejan más a las orgías descriptas
por los protagonistas de Zoolander que a las descripciones del
Potlatch que hace Mauss en Ensayo sobre el don. Si bien de a poco
Barley va dejando entrever que tiene que haber una lógica detrás de los
rituales, una simbología que él no termina de entender pero que
debe dar cuenta de las formas de organización social de la tribu,
finalmente su no ficción termina sin que esa lógica sea revelada.
Es una narración graciosísima. Se
destacan los momentos en los que el antropólogo se relaciona con su vecina y
mejor amiga de la tribu. Ella lo acusa de irse a coger cada tanto con una gorda
gigantezca de un pueblo cercano, una mujer que sólo puede moverse si
la suben a una camioneta. Él le devuelve que ella se garcha a cambio
de pequeños regalos a un viejo algo desagradable de una tribu a la
que los dowayos suelen mirar con repugnancia.
Y ahí otra característica del libro
de Barley: diferente a los antropólogos de la época, a los que
cataloga prácticamente como progres que idealizan a los nativos, él
no les hace ninguna concesión. Los dowayo son discriminados por
ignorantes y primitivos por los fulani, que se sienten casi blancos y
occidentales. Y los dowayo piensan exactamente lo mismo de los koma.
Complejiza así, a lo largo de toda la
obra, al estereotipo del “noble salvaje”. En otro pasaje, que
hace acordar a aquel meme en el que unos aborígenes salen corriendo
y cargando sus electrodomésticos para ocultarlos al grito “¡rápido
que ahí vienen los antropólogos!”, se burla de sus colegas, que
le otorgan a los nativos una conexión casi perfecta con la
naturaleza que los rodea. Sus dowayo se quejaban de que no hubiese
llevado una ametralladora para borrar a los antílopes del paisaje.
Barley termina odiando y amando a
Camerún y a los dowayo, su campo. Y sobre eso hablan las últimas
líneas de la obra, en el que posiblemente sea el mejor final que
haya publicado Anagrama en sus 50 años.
